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¿Cómo es estudiar medicina?


Kateryne Chaparro, egresada de la U. del Valle

El cuento de la universidad es muy diferente para quienes decidimos estudiar medicina. El comienzo como siempre muy difícil, porque el cambio de colegio a universidad siempre golpea un poco. Yo ingresé a la Universidad del Valle en 1999. Grandes auditorios, con clases magistrales de más de cien personas caracterizaban las materias más importantes con estudiantes de medicina, odontología y bacteriología juntos.

Inicialmente, eran clases donde el profesor daba la mayor cantidad de la información y lo que encontrábamos en los libros complementaba un poco lo que nos enseñaban.  Sin embargo, muchas veces, para resolver el terrible y temido parcial, era necesario comunicarse con la estratósfera para encontrar la respuesta.

De las básicas a las clínicas

Pasamos solo tres años asistiendo a clases en la universidad, parte que llamamos ¨las básicas¨, después arrancamos ¨las clínicas¨. Era completamente diferente a lo que veníamos viviendo. Íbamos todos los días al hospital y hacíamos actividades asistenciales según la ¨rotación¨ o materia que estábamos cursando. Atendíamos pacientes y luego los presentábamos a un profesor con quien los volvíamos a revisar, analizábamos sus casos y revisábamos la patología que presentaban.

Era el tiempo donde se acababan las clases magistrales e iniciaba el aprendizaje basado en problemas. Se pasaban largas ¨revistas¨ donde se presentaban los pacientes al especialista  o profesor de turno y en el paso de uno a otro paciente, él iba lanzando miles de preguntas que dirigía a los estudiantes, quienes iban respondiendo según su rango. ¿Rango? Sí, somos clasificados según el año de clínicas que cursemos.

E4, E5 e  interno, que significa estudiante de cuarto, quinto año respectivamente y el interno que es el estudiante de más alto rango del pregrado, el más respetado por los otros estudiantes, pero también el que como su nombre lo dice, permanece interno en el hospital la mayor parte de su tiempo durante ese último año de medicina. Cada rango tiene un color diferente en su uniforme que lo distingue.  Los turnos son cada cuarto día,  24 horas seguidas y al día del post-turno puedes ser un héroe o el más infeliz según lo que encuentre quien te recibe el turno en la revista.

En esa etapa los temas ya no se revisan en grandes auditorios, ya no hay un profesor que hable la mayor parte del tiempo. Los grupos de rotación pueden llegar a ser solo seis personas, con un profesor que  va abordando los puntos más importantes. Hay  unos días particulares en la semana donde cada especialidad programa actividades donde se revisan temas, artículos o casos de pacientes. En esos escenarios puede aparecer la imagen del residente, que es el estudiante de postgrado quien cursa alguna especialidad. Este tiene un mayor rango que el interno y sus conocimientos son mayores, su palabra más respetada.

Después de diez años ahora soy residente de anestesiología, ya no son frecuentes las grandes ¨revistas¨ pero ahora asumimos mayores responsabilidades. Ahora no me siento a escuchar la presentación del profesor sino que me paro enfrente de ellos para presentar el último artículo en anestesiología o un tema de interés. Hay que estar conectado, revisar el correo todos los días, meterse a las páginas de internet y estar atento a cualquier cambio en la medicina.

Son importantes los libros, pero no son suficientes porque probablemente hay una revisión publicada en alguna revista de anestesiología que se encuentra más actualizada. Siguen los interminables turnos y tras ellos el seguir estudiando porque debe haber alguna otra presentación pendiente.

En aquellos grandes auditorios en algún día del mes seré la protagonista, el nombre de mi presentación habrá sido anunciado y estudiantes, profesores y compañeros de residencia asistirán con la expectativa de encontrar algo diferente que cambie el manejo que dan a los pacientes.

La intención es enseñar pero además lograr encontrar aquello que otros no conocían y se descubrió recientemente. No solo dar a conocer lo que otros estudiaron, sino que ahora deben empezar esas preguntas, nuevas ideas de investigación que se deben desarrollar.

Esto es algo de mi vida como estudiante, primero en pregrado y ahora como residente de segundo año de anestesiología en la Universidad del Valle. Estoy segura que hay muchísimas cosas más que contar, porque más allá de la vida monótona y aburrida que muchos pueden imaginar, en medio de los turnos y de las largas jornadas de estudio se tejen miles de historias que nos alcanzan para pasar noches enteras para contar.

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